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Lunes 21 de enero de 2008
No hay ninguna explicación lógica, creo. Pero el invierno es una estación familiar, así se me hace. Verano, en cambio, es más... juvenil o jovial. No madrugo igual en cada estación. Cada despertar me predispone distinto. Madrugar en invierno es más placentero, más grato. Hasta me dan ganas de trabajar. Pienso en mi mujer, en los chicos, me gusta preparar el mate y volver a la cama, con bizcochitos o facturas. Madrugar en verano también me hace pensar en mi mujer, aunque en otras posiciones, y las proyecciones no van más allá de la media tarde, es difícil que puedan llegar a la noche o al otro día los pronósticos de actividades. El verano se me hace cortoplacista, no se porqué. Salvo de camping. En una carpa, cerca de la playa, las mañanas de verano se confunden en las dos atmósferas, y en un contexto efímero se me vienen introspecciones y elucubraciones más inverneras. Insisto: no hay mayor importancia en esto que sólo saber cómo el clima puede afectarnos la percepción, si es que lo hace. Pobre importancia. Otra cosa son las noches en invierno y en verano, otras disposiciones.

Y todo esto para decir que aún no me fui de vacaciones, y que no me gusta veranear en febrero, y que a mí nomás me parece o ¿los veranos en efecto son más cortos cada año?, y que hoy me despertó una brisa cuasi otoñal que oxigenó algunas arterias.