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Miércoles 18 de julio de 2007
Hace 13 años andaba de novio con una chica que no es de mi ciudad. El 17 estaba visitándola. Pasada la medianoche tomé un colectivo a Buenos Aires: con dos amigos habíamos convenido en ir a ver el programa de radio de Alejandro Dolina. El plan incluía llegar a Retiro a la mañana temprano (temprano para Capital, a media mañana para el interior), caminar despacio observando lo más posible para volver a Retiro después del mediodía, al arribo de mis amigos.
Minutos antes de las 10 de la mañana el micro en que viajaba entraba a Buenos Aires. Era mi primer viaje solo a la Capital Federal. Hace 13 años, tenía 15 años. Había renunciado a mi trabajo para visitar a mi chica, dado que las vacaciones de invierno nos coincidían a los dos en el calendario escolar pero no estaba en el repertorio de mi laburo. Con el sueldo entero en el bolsillo y habiendo dejado con la boca abierta a mi jefa de entonces, salí un sábado de mañana a dedo hacia la ciudad de la cuál varios días después partiría hacia Buenos Aires.
Ese ingreso a Buenos Aires es la foto que yo guardo. Algunos pasajeros, los más curiosos, los más chicos, los más pajueranos, nos levantábamos de nuestros asientos queriendo distinguir entre el humo y la polvareda lo que a unas cuadras de allí pasaba. Los más aporteñados de los pasajeros, siguieron acomodando sus bolsos y camperas.
El humo, o la polvareda, envolviendo un edificio redondo vidriado con el logo de FIAT, es mi foto de ese día.
Llegué a Retiro. Bajé del colectivo. Caminé unas cuadras alejándome de la Terminal -según recomendaciones de mi viejo- y más allá entré a un bar y pedí un café con leche con medialunas, ritual que hasta hoy repito en cada viaje que realizo sólo a cualquier ciudad que vaya. (Y sí, los bares de Buenos Aires son los mejores, los café con leche y medialunas de la Capital son los mejores).
Siempre trato de sentarme frente a una ventana a la calle. Ni muy en vidriera ni tan escondido, mientras sumerjo una medialuna y otra en el café observo el movimiento de la ciudad; así creo descubrirla y conocerla. En Concordia, las mesas que elijo (cuando elijo) son las más alejadas de la calle.
Cuando tomé del plato la tercer y última medialuna, levanté la cabeza hacia el televisor en la esquina, y por el canal de noticias aquella foto -hasta ese momento sólo una instantánea a punto de velarse para mí- comienza a tomar nombre y cuerpo, el del atentado a la mutual judía. Quiero entonces recuperar la imagen, reconstruirla en mi mente, fijar esos segundos.
A las 2 de la tarde vuelvo a Retiro a buscar a mis amigos, en cada kiosco de camino me detengo buscando alguna noticia como si los diarios pudiesen reescribirse a sí mismos sobre el papel. Hasta entonces, la noticia no había ocurrido aún para mí, no del todo.
Por circunstancias para nada relacionadas mis amigos no viajaron. Estaba sólo en Buenos Aires, me quedaba sólo. A la noche fuí a ver a Dolina, y luego a pie volví a Retiro a tomar el micro que me traería de regreso a mi ciudad. La cola de ingreso al programa del Negro, la salida, la noche, calle Florida, Buenos Aires de noche, Retiro de noche, son otros recuerdos, son otras fotos.
Hoy, aquella primer imagen de Buenos Aires se me mezcla con otro atentado, otro edificio cayendo, varios años después, a miles de kilómetros de acá. De las imágenes del ’94 me quedó esa, de mi ingreso a la Capital, del atentado recién cometido, de cuando no sabía qué significado tendría aún, qué pasaba aún.
Siete años después estaba en la Plaza 25 de Mayo de Concordia anunciando el comienzo de la Marcha Nacional contra la Pobreza, organizada por el FreNaPo y la CTA, que iniciaba su recorrido por el país ese 11 de septiembre a esa hora de la mañana, desde Capital hacia el interior y de regreso al Congreso de la Nación, buscando las manos que a fin de año se transformarían en más de 3 millones por un Seguro de Empleo y Formación.
Ese 11 de septiembre, a la misma hora que los micros del FreNaPo comenzaban su recorrido, dos aviones se estrellaban contra las Torres Gemelas, otro contra el Pentágono y otro no llegaba a la Casa Blanca. Me enteré de la noticia unas horas después, al mediodía, cuando volvía a ATE a dejar las sillas, los volantes, el bombo y las banderas. En la televisión -otra vez en una esquina, en un soporte contra la pared, arriba- las imágenes me resultaron conocidas.
Personas inocentes pagando las deudas generadas por la política de sus gobiernos.
La inocencia -escribiría en un relato algunos años después de hace 13 años, algunos años antes de hace 5 años- se sirve como aderezo en los platos principales del restaurant del Imperio.